Todos nacimos en Belén

Por: Alberto Vargas.-

 «Y el Verbo se hizo “Yo” y quiso nacer en lo más obscuro de mi corazón, en mi pesebre.»

Hoy quise reflexionar acerca de el nacimiento de Jesús: sobre Belén, sobre el pesebre y sobre mí.

Quise encontrar significado práctico a ese momento histórico con relación a mi propia vida
—que aunque no nos conozcamos, básicamente es la tuya misma—, pues en Él nos hacemos «uno» en Sí mismo.

Al dejar correr mis sentimientos por Belén, por esa noche sagrada, al tratar de observar el pesebre, me vi a mí mismo y comencé a mirar este sucio pesebre en el cual nació nuestro Salvador desde mi muy interna perspectiva; ese pesebre es mi interior, mi corazón, mi mente, ese pesebre soy Yo.

La obscuridad que debería de haber en aquel establo representa mi propia obscuridad, mi ceguera, no tan solo espiritual, sino en todo los sentidos. Es esa ceguera que nos ha hecho caminar dando tumbos y resbalones en la vida sin llegar a ninguna parte. Es la ceguera del alma, la cual defendemos como si no tuviéramos opción de ver, como si esa fuera la natural condición nuestra.

La pestilencia de aquel lugar es nuestra condición absurda, pero de alguna manera deseada, de nuestra condición moral y rebelde en contra de Dios. Sabemos lo que hacemos, no somos tan tontos; queremos, lo hacemos y el producto de ello, aunque nos mate o nos deje solos como pobres sobrevivientes de nuestra propia y buscada catástrofe. Es el pecado que amamos, aunque digamos no quererlo; es la decadencia del alma que nos hace morir diariamente en el engaño de nuestra religiosidad.

Lo absurdo de permitir que una nueva vida nazca dentro de esas condiciones insalubres de un pesebre representa lo absurdo de nuestra vida, que pudiendo tenerlo todo, nos conformamos con nada cada vez que luchamos nuestras vanas batallas diarias por tratar de conseguir en lo material nuestra felicidad, por andar en obscuridad teniendo la luz, por decir que amamos cuando llamamos amor a tan solo un sentimiento egoísta que nos hace pensar sólo en nosotros mismos.

Vivimos en rencores, envidias, desilusiones y un gran sentimiento de desamor y desprecio. Lo ocultamos con nuestras maneras de religiosidad vana, nuestros vestidos de falsa santidad y con nuestras reglas y conductas farisaicas y de juicio que nos alejan cada día mas del verdadero Belén, de un verdadero nacimiento de Jesús en nuestro pesebre.

Aun así, Jesús ha querido nacer en lo más profundo de esa fatídica y obscura condición nuestra. Él no cambia nuestra condición desde afuera, Él se mete adentro, en nuestra sucia condición; y desde ahí, su luz comienza a disipar nuestras tinieblas, su poder comienza a sanar nuestras dolencias, su santidad comienza a deshacer nuestro pecado y su amor comienza a cambiar nuestros sentimientos y convertirlos en sentimientos de acuerdo al único amor verdadero: Su amor.

Cuando permitas que tu corazón sea su pesebre, los ángeles cantarán canción de paz y de gloria y te convertirás en un lugar en donde Dios mismo mandará a personas a que reconozcan en ti que ahí ha nacido el Salvador del mundo.

Este es mi deseo para ti en esta navidad y siempre. Que el Verbo se haga «Tú» y habite en tu corazón y en nuestros barrios.

¡Felicidades! y un buen año 2016.

Amén∞

-Publicado en diciembre 2015-

Sabor a Dios

Por: Alberto Vargas.-

«Ustedes son la sal de la tierra»

He oído y leído esta pequeña porción bíblica por muchos años. Me atrevo a asegurar que fue una de las porciones que oí desde mis primeros pasos en Cristo. Ha sido compañera de muchos sermones y lo seguirá siendo de otros más por venir. Desde el principio fue una porción que llamaba al reto y a la responsabilidad de dar sabor o de ser agente preservativo con referencia al mundo en que vivimos.

Hoy quiero reflexionar un poco más de lo obvio. He querido parar-me en el camino y oír de nuevo a Jesús decirme a mí esas palabras: «USTEDES SON LA SAL…»

Lo primero que me doy cuenta al reflexio-nar es que no es una frase que permite opciones. No es un llamado a ser, sino un argumento descriptivo. Permítanme explicarles. Si una persona, al ver un grupo de vestidos de blanco dice: -«ustedes están vestidos de blanco», la persona está descri-biendo lo que ve, un hecho indudable, una característica tomada de un reconocimiento visual. Así pues, -«ustedes son sal», proviene de la misma manera. Es una observación de un hecho, es un reconocimiento visual de algo que es concreto al presente en que se dice.

Jesús no nos llamó a ser sal, no nos retó a cumplir una meta del futuro, Jesús nos describió funcionalmente; esto es lo que somos, para esto es para lo que servimos, somos sal, no hay opción de no serlo y preservamos y damos sabor. Si esto no suce-diese, no servimos, no tenemos valor, tan solo para ser pisoteada por la humanidad.

Déjame prestarte mi reflexión; acógela como tuya por un momento. ¿No es eso lo que los hombres a veces vemos que están haciendo con la iglesia? Seamos responsables con el Reino, pues sé que como actitud defensiva dirás rápidamente «no, mi iglesia no es una de esas, la mía es triunfadora», pero miremos los frutos.

Al Jesús querer hablar de los frutos miró hacia los campos, hacia el mundo, pues es ahí que se encuentra la razón de ser de la iglesia, salvar a los de afuera. No cometamos el terrible error de medir nuestra eficacia como iglesia según los servicios o cultos maravillosos que tenemos al reunirnos o cuántas profecías podemos oír de nuestros profetas o cuántos actos emocionales podamos crear o cuántas veces hallamos sido liberados de alguna cosa extraña —que tan pronto «sale» parece dar la vuelta y regresar a su lugar, pues, por si no te has dado cuenta, siempre estamos siendo liberados por lo mismo—.

Aunque nuestra calidad de cristianos comienza en nuestro interior, se refleja en la cualidad que hace que otros nos vean como cristianos. Eso fue lo que Jesús vio al mirarnos y decirnos «ustedes SON sal». Ustedes preservan, ustedes dan sabor a Dios, a este mundo. No hay opción, no podemos escoger, somos o no somos.

Nuestra condición de verdaderos cristianos deberá provocar lo que Jesús provocó cuando andaba entre los hombres, que en labios de los fariseos se oye este temor: «Mirad, el mundo se va tras Él.»(Juan 12.19b)

No tratemos de insistir a que los hombres nos sigan, ofreciéndoles toda clase de «cosas» atrayentes y de montajes costosos. Dejemos que los hombres nos sigan cuando nos miren y se den cuenta quiénes somos y a quién representamos. Que, al la gente mirarnos, puedan decir: -«vean, ellos son la sal de la tierra». Entonces nosotros podremos tan solo decirles: -«Sígueme».

Que la paz de nuestro Señor Jesucristo inunde sus corazones. Amén.∞

-Publicado en noviembre 2015-

Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón

Por: Alberto Vargas.-

Es uno de los sabios consejos que nos da el libro de Proverbios 4:23. Al leerlo, parece de esos versos poéticos que sirven para adornar momentos especiales, pero el verso contiene una llave poderosísima par tener éxito en nuestra vida cristiana.

Déjenme ser lo mas honesto que me permitan las letras. El cristiano hoy en día parece estar más herido, que en la salud y restauración que Dios ha prometido a los que le buscan. Es terrible, pero cuánta tristeza uno encuentra en el pueblo de Su alegría hoy(Salmo 126:3).

Recibo en mi despacho a muchas personas tristes, cansadas, con muchas situaciones y poca esperanza, que vienen buscando ayuda de muchas iglesias cristianas de nuestro entorno. Al parecer se ha vuelto normal el sufrimiento, el desespero y la tristeza en la vida del creyente. Sé que Jesús nos advirtió «que en el mundo tendríamos aflicciones» pero añadió: -«no teman, Yo he vencido al mundo».

Comencé hace años a buscar una respues-ta a ese desaliento en que viven algunos creyentes y encontré algo muy significativo y común en todos los desalentados: sus sentimientos estaban desechos, sin una base divina y alterados por pensamientos e ideas dañinas. No guardamos nuestro corazón, jugamos con nuestros sentimientos del pasado y del presente, creando de nuestras vidas «novelas» de extraños principios que alimentan la victimización, el odio, el egocentrismo y la auto-conmiseración. De ahí vienen las relaciones rotas, la duda, los deseos desenfrenados y el pecado oculto. Para completar el cuadro, nos envolvemos en la mentira de la apariencia. Necesitamos aparentar nuestra cristiandad ante los hermanos, pues mucha competencia anticristiana nos encontramos entre los hermanos la cual no nos permite ser sinceros y expresar nuestro dolor y necesidad de ayuda.

El corazón es la cuna de nuestros sentimientos. No importa cuántos sentimientos lindos y buenos tengamos, una pequeña porción de sentimientos adversos a Dios o de ideas y deseos que no nos conviene, depositará amargura en nosotros —«un poco de levadura leuda toda la masa»—. Poco a poco destilaremos tristeza y amargura pues velamos por lo exterior y se nos olvidó el interior.

Dios no mira cómo somos, lo que hacemos o cómo lo hacemos. Dios mira el corazón, «No mires a su parecer, ni a lo grande de su estatura, porque yo lo desecho; porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón». (1Samuel 16:7). Es lo que sentimos, nuestras ideas, nuestros verdaderos valores, nuestras motivaciones, lo que en realidad tiene valor para Dios y para nuestra propia vida. No mires lo que al parecer siente el otro o lo que piensa el otro, ¡guarda tu corazón! Presta atención en lo que sientes, en lo que piensas, en tus valores y en la realidad de tus motivaciones y, si no son buenas o no son de Dios, ¡deséchalas!

Un último pero importante consejo. Asegúrate de que guardas el sentimiento correcto. Si tus sentimientos, aún los buenos, son semejantes o guardan los mismos principios de cuando estabas sin Dios, deséchalos, no sirven.

Ahora tu y yo somos nuevas criaturas «creadas según Dios». Son nuevos los principios que dirigen nuestra vida y así mismo deben de ser los sentimientos de nuestro corazón. Es un solo sentimiento el que debe de llenar nuestro corazón; el amor de Dios en Cristo Jesús. Todo el sentimiento de amor que queramos dar deberá partir de este amor perfecto; hacia nuestros hijos, cónyuges, padres, hermanos y a todos en general. Tú tienes la capacidad en Dios de llevar y moverte bajo el amor perfecto del Señor.

Guardar el corazón, por última instancia, es que sólo el amor de Dios esté presente en el mismo y no permitir que otros sentimientos extraños, aunque parezcan amor, entren en el mismo, pues solo el amor de Dios cubrirá todas nuestras faltas.

Guarda tu corazón… porque de él mana la vida. Amén.∞

-Publicado en octubre 2015-

Miremos lo que debemos mirar

Por: Alberto Vargas.-

Soy un gran admirador de la observación. Me gusta observar para analizar y reflexionar luego sobre lo que acontece a mi alrededor.

Jesús enseñaba a base de la observación. Él llevaba a sus discípulos a evaluar lo que enseñaba a través de lo que pasaba a su alrededor. Es por la observación que, según Jesús, la gente se dará cuenta que somos sus discípulos, pues la gente va a ver «que nos amamos unos a otros»; y es por observar sus «frutos» que sabremos si alguien es o no de Dios.

Es bien interesante esto. Jesús no nos manda a juzgar lo que la gente hace, sino los frutos de lo que hace. Eso nos deja fuera de ser jueces para ser «degustadores» de los frutos de los demás. No nos manda a señalar, nos manda a consumir el fruto de los actos de nuestro prójimo para poder conocer su corazón.

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces…». (Santiago 1:17a)

Mejor dicho, todo lo bueno proviene de Dios. Todo lo que es bueno para el Reino, todo lo que es perfecto para el Reino, no puede ser juzgado por los hombres. Los fariseos y religiosos del tiempo de Jesús lo juzgaron por lo que veían y no por el fruto de lo que hacía. Ellos lo juzgaron por el lugar de procedencia: «¿De Nazaret podrá salir algo bueno?»(Juan 1.46), lo juzgaron por los padres que tenía: «¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? Y se escandalizaban de él»(Mateo 13:55 y 56), y lo juzgaron por lo que decía: «¿Quién es éste, que también perdona pecados?»(Lucas 7:49), pero no lo juzgaron por sus frutos: «Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí…»(Juan 10:25)

Así debe de ser entre nosotros, las obras, los frutos, deberán de ser los que den testimonio de uno mismo.

Pero tengamos en cuenta no llamarle «frutos» a lo que no es. Según las Escrituras, no son los dones que digamos tener o  nuestras acciones supuestamente «santas», ni lo que decimos; básicamente es el amor que podamos sinceramente demostrar(1 Corintios 13), es el fruto del Espíritu Santo visto en nosotros por someternos a su guía. «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley».(Gálatas 5:22 y 23)

Cada acción nuestra deberá de tener como marco el influjo de su Espíritu en nosotros. Cada acción nuestra deberá dejar la impregnación de su amor, su gozo, su paz; y de ahí, todas las demás virtudes que componen el fruto del Espíritu en nosotros.

No juzgues solo por lo que ves, espera con paciencia para mirar sus frutos, pues como dijo Gamaliel: «si esta obra es de los hombres se desvanecerá, mas si es de Dios, no la podréis destruir».(Hechos 5:38 y 39).

Amén.

-Publicado en septiembre 2015-

El acto de ser un verdadero adorador

Por: Alberto Vargas.-

Un verdadero adorador es una figura en peligro de extinción. Hoy podemos identificar personas que alaban, salmistas, cantantes, músicos y congregaciones enteras que se conocen todo una extensa selección de himnos y canciones, pero nada de eso hace un verdadero adorador. La historia Bíblica misma nos lleva a considerar cómo un verdadero adorador nace.

En el Génesis podríamos identificar el primer acto de adoración registrado en el relato de Caín y Abel (Génesis 4.1-5). Este acto de separar para Dios lo del fruto de la tierra y de lo mejor del ganado, decía implícitamente que Dios era el autor y responsable de todo lo que tenía el ser humano. Era el reconocimiento de su soberanía y de su providencia, pues ahí deberá de comenzar todo real acto de adoración —en el reconocimiento de su inmensidad y de nuestra dependencia a Él—. Eso es pura actitud antropológica, el ser humano reconocerá siempre a un ser más grande que él y buscará su favor por medio de actos sacrificiales.

Pero luego, en el mismo libro del Génesis, encontraremos otros actos que señalan adoración, los cuales nos van a indicar qué es un verdadero adorador. Desde el relato de Noé, los hombre y mujeres a quien Dios se les reveló hicieron la misma acción: levantaban un altar o le ponían un nombre al lugar en el cual Dios se le había revelado. Noé levantó altar al salir del arca, Abraham levantó altar al oír la voz de Dios, Agar le dio nombre al lugar en que Dios la socorrió (el pozo del viviente que me ve), Jacob le dio nombre al lugar en que Dios le dio el famoso sueño de los ángeles que subían y bajaban —Bethel, Casa de Dios—; y así seguiríamos haciendo una lista  de estos actos que van desde el Génesis hasta los profetas. Si reflexionamos, existe en cada uno de ellos una acción y un efecto; la revelación produce un acto de adoración.

Me gustaría que leyeras esto con seriedad y reflexionaras sobre el mismo. Si la revelación deberá producir adoración, entonces solos los «testigos» de la acción de Dios producirán una verdadera adoración. El testigo es aquel que está presente, que es parte de la historia de aquello que ha acontecido. El testigo ha visto u oído, ha estado involucrado o ha sido espectador. Lo importante es que será difícil adorar lo que no conoces. Jesús le dijo a la mujer samaritana «ustedes adoran lo que no conocen»(Juan 4.22). Los samaritanos eran judíos a medias, la historia los sacó del contorno de los que presenciaron, por decirlo así, la salvación de Dios para los Judíos. Es decir, no fueron testigos. Pero en el mismo relato, Jesús dice que esta es la hora de buscar verdaderos adoradores que adoren a Dios de verdad y en el espíritu.

Estos sólo pueden ser testigos del poder de Dios. En el relato de la ascensión de Jesús, en el primer capítulo de Hechos, Jesús dice que le seremos testigos hasta «lo último de la tierra». ¿Testigos de qué?

Si quieres ser un verdadero adorador, cantando no lo lograrás, yendo a la iglesia tampoco, tienes que ser parte de la historia de Reino de los Cielos, tienes que ser testigo presencial, ocular y oyente del poder de la presencia Divina. Deberás permitirte a tener un verdadero encuentro con Dios, no prestado de nadie, no a la medida de nadie; un encuentro personal y único con nuestro Dios. No estamos hablando de un momento emocional, de recibir la lenguas o danzar en el espíritu, estamos hablando de conocimiento de su presencia que te transforme, te cambie. Un encuentro que produzca que de Él salga virtud sanadora hacia ti.

El verdadero adorador ama, se entrega al servicio hacia los demás. No busca lo suyo, es imitador de cada parte de la personalidad de Jesús. El verdadero adorador no se limita, cree en un Dios  que todo lo puede, se convierte en embajador del cielo y no en una débil versión del cristiano terrenal; cree en la perfección, en la santidad, de  ir de gloria en gloria y no de caída en caída. No es un mendigo ni un millonario, es hijo del Rey de reyes y confía que Él siempre tendrá cuidado de nosotros.

Conviértete hoy en un testigo de su presencia, no en la vida de la iglesia, sino en tu vida personal. Se un testigo real del poder de Dios con el potencial de testificar de Su amor y del poder de transformar vidas y renovar corazones.

Amén.∞

-Publicado en agosto 2015-

Una carta pastoral a los miembros de las iglesias cristianas

Por: Alberto Vargas.-

El mes pasado escribí una carta pastoral especialmente para el pastorado de nuestras iglesias. Hoy, con la misma responsabilidad y respeto me dirijo a ustedes, miembros de nuestras iglesias.

Ustedes son la razón de nuestra vocación. Jamás existirá realmente un pastor si no existe una congregación qué pastorear. Incluso, ustedes son la contestación y el producto del discurso salvífico de Dios en Cristo Jesús: «que Dios quiso salvar al mundo enviando a su Hijo, con el poder de su Espíritu, a morir por nosotros para que fuéramos hijos de Él si le creyésemos».

¡Qué importantes somos para Dios! ¡Con cuánto amor nos ha llamado! Qué bendición es saber que pertenecemos a Él; a su cuerpo. Cristo nos hace Él en sí mismo.

Pero qué distante está el sentimiento de una relación con Dios como la que acabamos de exponer con el trato frío y desgarrador que en ocaciones recibimos de aquellos cuya responsabilidad es velar por nosotros y que triste escena viven muchas congregaciones en donde el ambiente está lleno de juicio, chismes y dobles vidas.

No es solo la responsabilidad del pastor el de velar por la buena y saludable relación con Dios de una congregación, es también responsabilidad de cada miembro el velar por ello. Nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo, incluso antes de entender qué es pertenecer a una congregación, es importante que pertenezcamos a Dios y a su Reino primeramente.

Por otro lado, hablemos sobre el testimonio.

Como te habrán enseñado, es importante que guardemos el testimonio; o mejor dicho, la conducta, sentimientos, ideas y acciones que hacemos y tenemos a la luz de nuestra vida en Cristo.

Para ser más claros, el testimonio que con tanto celo debemos de guardar no es nuestro, es el testimonio de Dios.

Nosotros somos testigos de su poder. Y cuan-do hablamos de ser testigos de su poder, estamos hablando del poder de Dios que opera en nuestra transformación al convertirnos en seres de conductas e ideas diferentes a las que antes teníamos. No se mide el poder de Dios viendo cuántas lenguas hablamos, o a cuántos sanamos  en un servicio o culto de la iglesia «encendido», sino se mide con el cambio de nuestra conducta. Ahora nos comportamos diferentes porque hemos sido creados con una  naturaleza diferente: «creados según Dios».

En ocasiones se nos hace fácil y sutil caer en la locura de vivir dos vidas: una en la iglesia, frente a los hermanos, y otra en el hogar o con las personas que laboramos. Nos convertimos en personas muy estrictas en la iglesia para ocultar nuestra debilidad que vivimos fuera de ella. Cuando fallamos en dar un buen testimonio, pisoteamos la cruz de Cristo y el testimonio de Dios.

Nuestra conducta deberá de ser presidida por el amor y la compasión y no debemos aceptar absolutamente nada que impida el libre reflejo del amor de Dios en nosotros. No existe excusa para esto; «el que no tiene amor, no es de Dios». Es imposible declarar nuestro amor a Dios si no amamos a nuestro prójimo, entendiendo claro que nuestro prójimo es aquél que menos merece nuestro amor según nuestra lógica.

Deberemos de comprender que la vida del verdadero cristiano es aquella que vive en la presencia de Dios como un constante, que no se entra y se sale de esa presencia según el «mood» en que nos encontremos o el lugar o las circunstancias que vivamos. Que el vivir en el Espíritu no sea una opción, sino la única y absoluta manera de vivir, si es que verdade-ramente estamos en Cristo.

Y por último, que el temor a Dios sea nuestra única fuente de sabiduría para tomar buenas decisiones. Que los principios y maneras que nos dejaron nuestros padres o la experiencia que adquirimos en la vida, jamás sustituirá a la sabiduría de Dios que se obtiene al vivir en su temor.

He querido, humildemente, darles un granito de arena de aquellos principios que son importantes para que vivamos como conviene a los santos.

Que Dios les de paz y vida en su Espíritu.

En Cristo, su humilde servidor.∞

Una carta pastoral para pastores y ministros

Por: Alberto Vargas.-

Escribo esta carta pastoral, no bajo la influencia de algún sentimiento de superioridad o altives. Escribo la misma teniendo en mente y corazón la dignidad y respeto que ustedes, pastores y ministros, se merecen y con toda la humildad, respeto y responsabilidad posible en imitación a Cristo.

Llevo 41 años ejerciendo el ministerio pastoral. Aún pienso que tal dignidad que me ha conferido Dios no me la merezco. Durante ese magnifico pero duro recorrer de los años, he aprendido a reflexionar una y otra vez sobre la ejecución de mi trabajo. Han sido muchas veces que he tenido que reencontrarme con la Cruz, hacer arreglos en mi propia pastoral y abandonarme en las manos de Aquél que continua dándome forma para que cada día me parezca más y más a Él. Desde ese continuo aprendizaje es que con toda humildad me atrevo, a modo de reflexión, reconsiderar algunos aspectos vitales sobre nuestra responsabilidad pastoral.

Les comparto que una de las características que más debemos hacer énfasis en nuestra personalidad y trato con la grey es la honestidad. No importando lo que nos cueste, el ser abiertos y sin doble cara nos dará el fruto de congregaciones que imitarán nuestra honestidad y se sentirán seguras y en confianza. Han sido muchos los mal llamados pastores que han engañado a sus ovejas, les han robado y las han tratado como sirvientes y no como a aquellos a quien nos toca a nosotros servir.

El personaje más importante en una congregación saludable es la oveja y no el pastor, nosotros venimos a imitar a Cristo como buenos pastores que «su vida dan por sus ovejas».

Es nuestra responsabilidad el crear un ambiente saludable para que nuestras ovejas tengan el espacio para crecer y ser transformadas a la luz de la guianza del Espíritu y no siguiendo enseñanzas huecas y rudimentos de hombre. Jamás te creas que puedes sustituir esa guianza del Espíritu con tus puntos de vista, Dios sabe hacer muy bien Su trabajo; no tenemos que hacerlo nosotros.

La Palabra infalible de nuestro Dios, La Biblia, deberá de convertirse en un reto para ti al reflexionarla cada día sin parar. De esta manera siempre habrá en ti un mensaje nuevo y refrescante producido por momentos de encuentros intensos con la Palabra Santa de nuestro Dios. Nuestra gente necesita oír de esa Palabra para aumentar su fe, necesitan oír al Jesús compasivo y misericordioso trayendo palabras de amor a aquellos que son suyos. Nuestros cánticos espirituales alimentarán saludablemente nuestras emociones, pero será la Palabra de Dios la que alimentará nuestro espíritu y nuestra fe.

Por último, que jamás nos atrevamos a usar nuestra gente para fines personales y mezquinos. Nuestras ovejas no deberán de ser manipuladas por nuestras palabras nunca, y menos para cumplir propósitos personales que solo te beneficiarán a ti o a unos cuantos. Nuestras ovejas Dios nos las puso en nuestras manos, no son nuestras, son de Dios y a Él se las tenemos que devolver bien cuidadas sin que seamos nosotros los culpables de la perdición de ninguna.

No he querido sonar jactancioso, ni mi intención es juzgar a nadie, sólo que he visto el producto devastador de éstas y otras malas prácticas de pastores que no han aprendido de Cristo la sumisión, humildad y sacrificio que deberá de llevar siempre la labor pastoral.

Velemos por nosotros mismos para que nuestra vida dé los frutos correctos en Dios y para que podamos llevar nuestras congregaciones a ser parte de aquella adoración celestial ante el gran trono de nuestro Dios. Dios sea tu paz. Amén.∞

El día del hombre

Por: Alberto Vargas.-

Los seres humanos tendemos a celebrar cualquier día o suceso que marca nuestra historia. Desde el día de nuestro nacimiento hasta el día que dejamos de existir estamos envueltos en celebraciones culturales, históricas y personales.

Al parecer, el primer hombre nació el día 6 del primer mes del año 0. Creo que nadie celebra tal fecha. Ese día debería ser el «día del hombre». Pero, es el mismo hombre que se encarga de opacar ese gran día especial destruyén-dose a sí mismo al rebelarse contra su propio Creador.

Podríamos imaginarnos la gran alegría de Dios en ese día especial en que creó al primer hombre, por lo cual el Génesis registra que «Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera». De la misma manera, ¿cuál sería el sentimiento de Dios cuando, no pasado mucho tiempo, el hombre decide abandonar a su creador siguiendo sus propios obscuros deseos y acogerse a la era de la culpa y de la muerte? Así ha existido el ser humano desde entonces, en culpa y muerte.

Nosotros fuimos creados de manera mucho más espectacular que lo que podemos ver en el libro de la creación. Nuestro Dios nos amó antes de que el mundo fuese —Y «el Cristo», «El Mesías» nos escogió en sí mismo antes de la fundación del mundo(Efesios 1:4)—. Es ese el Verbo que por su palabra fuimos nosotros creados(Juan 1:3). No fuimos creados para el fracaso, ni para que la muerte se enseñoreara de nuestra existencia.

De ahí, que Dios no se dio por vencido e hizo que en la historia hubiera otro día que fuese «el día del hombre».

«Y el verbo se hizo carne, y habitó en nuestro barrio» para que viéramos su gloria. La gloria de un amor que sobrepasa todo entendimiento. Amor no merecido, no ganado, pero sí predestinado en Sí mismo desde antes de la fundación del mundo. Un amor que conocía nuestra naturaleza y nuestro fracaso, nuestra rebeldía y nuestra hipocresía, nuestra religiosidad y nuestra ignorancia; y aun así nos amó, nos visitó y nos sustituyó en la paga de nuestra rebeldía, librándonos de la muerte, muriendo por nosotros en la cruz.

La historia del hombre registra que cierto día, hace más de dos mil años, una cruz fue levantada a las afueras de Jerusalén, en un montículo rocoso llamado «la calavera». Allí, entre dos simples ladrones, fue crucificado Jesús, el hijo de Dios, el Salvador del mundo; y muere a las tres de la tarde del quinto día de la semana de nuestra era, devolviéndonos a los hombres la dignidad de la vida y la oportunidad de ser creados de nuevo.

Es en ese gran momento en donde, desde esa cruz, se oye el clamor más extraño para un reo moribundo: «CONSUMADO ES», todo está hecho ya. Desde ahora los hombres vuelven a tener la facultad de ser libres de nuevo, y la muerte ya no será más.

He ahí el nuevo día del hombre, el día de Cristo, el día de volver a nacer.

Felicidades en la celebración de la semana santa. Dios los bendiga.

Amén.∞

La iglesia: una comunidad, una misión

Por: Alberto Vargas.-

¿Qué realmente es la iglesia? Teológicamente tendríamos una cantidad de maneras de definirla: Un grupo de creyentes reunidos en «Su nombre», la asamblea de los santos, el reino de Dios en la tierra y por supuesto, el cuerpo de Cristo. Todas estas y posibles otras más, son muy buenas definiciones para lo que es «iglesia». Pero lo que buscamos es más que una definición. Es ¿qué es? ¿Qué soy yo en ese componente?

La definición que ha marcado mi vida y mis acciones, es que la iglesia es una comunidad. La palabra y el concepto son para mí poderosísimos. El concepto contiene en sí mismo virtud, sentimiento, metas, retos, esperanza y, sobretodo, un fin divino: «Que Seamos Uno».

Es ahí donde la iglesia le ha fallado a Dios y al mundo, que no hemos podido llegar a la medida que Jesús dio para que «el mundo» supiese que somos de Él; «que nos amemos los unos a los otros»(Juan 13.35). La iglesia sigue siendo el eco del pecado en este particular. El rencor, el odio, el chisme, la competencia y la falta de sensibilidad espiritual, han hecho que el mundo no nos crea.

La figura de Jesús y sus enseñanzas son aceptadas, los que no son aceptados son los que decimos profesar esas enseñanzas.

Mahatma Gandhi, el gran defensor de la justicia por medio de la no-violencia, dijo una vez: «No es que yo rechace a su Cristo, yo amo a Cristo, es sólo que muchos de sus seguidores parecen que no les gusta su Cristo».

Nosotros, la iglesia, la comunidad de fe, le debe al mundo una explicación. ¿Por qué no somos como Cristo? ¿Por qué no nos parecemos a Él si decimos que Él vive en nosotros? Se supone que seamos la llama de su presencia en esta tierra, repartiendo el cálido amor de su entrega y envolviendo a las gentes en el precioso torbelli-no de su Espíritu.

El desarrollo de la iglesia como comunidad requiere ver la iglesia como un «todo», como «el cuerpo de Cristo» y no como un «rancho» particular. Requiere ver las denominaciones como un buen método de alcanzar a muchos y no como un obstáculo para la unidad. Requiere tener la valentía de hacer diferencia entre «dogma» y «doctrina», para así deshacernos de los dogmas que nos dividen y abrazar las doctrinas que nos unen.

Una verdadera comunidad de fe es aquella que ha abrazado un mismo nombre familiar, el de Dios(Efesios 3. 14-15), que insiste en buscar el bienestar del otro y no el particular, que «llora con los que lloran» y se alegran de las bendiciones del prójimo. Una comunidad «da», no quita ni arrebata, se entrega como Cristo lo hizo(Filipenses 2.5-8). Comunidad es «común unidad», es el amor de Dios que NOS pertenece y nos hace iguales, nos hace «UNO».

«Que ellos sean uno, como Tú y Yo somos uno», Cristo.∞

El milagro de Dios

Por: Alberto Vargas.-

Alguna vez en nuestra vida hemos esperado que acontezca eso que llamamos milagro. Bueno, si somos honestos, ahora mismo creo que estamos esperando uno que otro milagrito que nos haría mucho más felices. Creo yo, que el problema  no es que Dios se tarde o que no quiera hacer nuestros milagros. Me parece que el problema está en qué es lo que nosotros identificamos como «milagro».

Como ejemplo, ¿cuántas veces has esperado que Dios te provea para pagar aquellas deudas que te molestan tanto y parece que tal «milagro» no llegare jamás?

Bueno, analicemos. Dios es nuestra provisión, es el Padre que nunca «dejará justo desamparado, ni su simiente que mendigue pan». Pero, ¿de dónde vinieron esas deudas? ¿Qué hacemos con nuestros bienes? Cometemos sendos errores con nuestras finanzas y luego esperamos el «milagrito» de Dios. Entonces, Dios estaría enseñándonos a malbaratar nuestros bienes.

Muchos de nosotros creemos que Dios está para tapar cada hueco que dejamos en nuestro caminar debido a nuestras malas decisiones; o peor aún, debido a nuestra insistencia de vivir fuera de la voluntad de nuestro Dios. Queremos vivir como nos venga en gana, para luego, cuando, por lógica nos metemos en aprietos, llamar a Dios y pedirle el «milagro».

Déjenme aclararles lo que es verdaderamente un milagro.

La zarza ardiendo que no se consumía en el monte Horeb y que vio Moisés, es un milagro; la columna de fuego que acompañaba al pueblo de Israel por el desierto, es un milagro; lo de las murallas de Jericó, un milagro; lo que le pasó a Ester en presencia del rey, milagro; Daniel y los leones, un milagro; Sadrac, Mesac y Abednego en el horno, un milagro; la concepción de María, los ciegos sanados, los paralíticos caminando, Lázaro resucitando, Cristo ascendiendo, todos esos son milagros.

El milagro va en contra de las leyes físicas y situacionales del ser humano. Es lo que nadie realmente espera que suceda, lo imposible. Ahí Dios se glorifica y nos enseña que es Él nuestra confianza y provisión. Milagro es dejar que Dios sea Dios en nosotros pues lo que es imposible para el hombre para Dios es natural, pues Él es el hacedor de todo.

Dios quiere ser Dios en ti y nos ha prometido que Él va a cumplir el milagro que Él quiere que ocurra en ti. Él va a querer que desafíes tú tu propia naturaleza, las leyes físicas, la situación, y pongas tu fe en que Dios será Dios en esa situación, enfermedad o cualquier cosa que estés esperando. ¡Créelo! ¡Actúalo! ¡Confiésalo! ¡Recíbelo! El milagro es tuyo como tuyo es Dios. Sólo deja el espacio para que Él lo haga, y por otro lado, pídele a Dios la fuerza para afrontar el producto de tus decisiones y de los problemas en que te metiste; el milagro de Dios aparecerá en esas circunstancias también, tan pronto aprendas a dejarte llevar por su perfecta voluntad y no a hacer lo que tú quieras. Acuérdate, ahora eres de Dios y Él de ti.∞