Sabor a Dios

Por: Alberto Vargas.-

«Ustedes son la sal de la tierra»

He oído y leído esta pequeña porción bíblica por muchos años. Me atrevo a asegurar que fue una de las porciones que oí desde mis primeros pasos en Cristo. Ha sido compañera de muchos sermones y lo seguirá siendo de otros más por venir. Desde el principio fue una porción que llamaba al reto y a la responsabilidad de dar sabor o de ser agente preservativo con referencia al mundo en que vivimos.

Hoy quiero reflexionar un poco más de lo obvio. He querido parar-me en el camino y oír de nuevo a Jesús decirme a mí esas palabras: «USTEDES SON LA SAL…»

Lo primero que me doy cuenta al reflexio-nar es que no es una frase que permite opciones. No es un llamado a ser, sino un argumento descriptivo. Permítanme explicarles. Si una persona, al ver un grupo de vestidos de blanco dice: -«ustedes están vestidos de blanco», la persona está descri-biendo lo que ve, un hecho indudable, una característica tomada de un reconocimiento visual. Así pues, -«ustedes son sal», proviene de la misma manera. Es una observación de un hecho, es un reconocimiento visual de algo que es concreto al presente en que se dice.

Jesús no nos llamó a ser sal, no nos retó a cumplir una meta del futuro, Jesús nos describió funcionalmente; esto es lo que somos, para esto es para lo que servimos, somos sal, no hay opción de no serlo y preservamos y damos sabor. Si esto no suce-diese, no servimos, no tenemos valor, tan solo para ser pisoteada por la humanidad.

Déjame prestarte mi reflexión; acógela como tuya por un momento. ¿No es eso lo que los hombres a veces vemos que están haciendo con la iglesia? Seamos responsables con el Reino, pues sé que como actitud defensiva dirás rápidamente «no, mi iglesia no es una de esas, la mía es triunfadora», pero miremos los frutos.

Al Jesús querer hablar de los frutos miró hacia los campos, hacia el mundo, pues es ahí que se encuentra la razón de ser de la iglesia, salvar a los de afuera. No cometamos el terrible error de medir nuestra eficacia como iglesia según los servicios o cultos maravillosos que tenemos al reunirnos o cuántas profecías podemos oír de nuestros profetas o cuántos actos emocionales podamos crear o cuántas veces hallamos sido liberados de alguna cosa extraña —que tan pronto «sale» parece dar la vuelta y regresar a su lugar, pues, por si no te has dado cuenta, siempre estamos siendo liberados por lo mismo—.

Aunque nuestra calidad de cristianos comienza en nuestro interior, se refleja en la cualidad que hace que otros nos vean como cristianos. Eso fue lo que Jesús vio al mirarnos y decirnos «ustedes SON sal». Ustedes preservan, ustedes dan sabor a Dios, a este mundo. No hay opción, no podemos escoger, somos o no somos.

Nuestra condición de verdaderos cristianos deberá provocar lo que Jesús provocó cuando andaba entre los hombres, que en labios de los fariseos se oye este temor: «Mirad, el mundo se va tras Él.»(Juan 12.19b)

No tratemos de insistir a que los hombres nos sigan, ofreciéndoles toda clase de «cosas» atrayentes y de montajes costosos. Dejemos que los hombres nos sigan cuando nos miren y se den cuenta quiénes somos y a quién representamos. Que, al la gente mirarnos, puedan decir: -«vean, ellos son la sal de la tierra». Entonces nosotros podremos tan solo decirles: -«Sígueme».

Que la paz de nuestro Señor Jesucristo inunde sus corazones. Amén.∞

-Publicado en noviembre 2015-

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