La iglesia presencial debe ser superior, preferible y más deseable que la iglesia virtual

Por: Luis Bernardo Gómez

Como resultado de la pandemia se ha incrementado el número de fenómenos sociales negativos; y en algunos casos, se han agudizado otros que ya estaban presentes desde antes de la misma. Tal es el caso del HIPERHOGARISMO, al cual Jordi Pigem, filósofo moderno, dice que «nos vamos olvidando del mundo natural; de ese mundo que tiene colores, sabores, olores, viento, agua, pues todo lo resolvemos desde nuestras casas, detrás de una pantalla».

Hemos pasado de ser homo sapiens (el ser pensante), a homo videns (el ser visual) y muy pronto nos convertiremos en homo absortus (el ser aislado, distraído, encandilado por las pantallas).

Lo creamos o no, dicho fenómeno se ha filtrado al corazón de muchos creyentes en Cristo. Creyentes que antes de la pandemia eran fieles congregantes de una iglesia, ahora prefieren quedarse cómodamente en sus casas para ver el culto desde un sillón, arguyendo que lo hacen por la sana distancia, cuando en realidad es una manifestación del hiperhogarismo.

Créanme cuando les digo que lo virtual es una gran herramienta de conexión, pero no de contacto y ningún creyente que ame a la esposa de Cristo, la iglesia, puede desear más a la iglesia virtual que a la iglesia presencial.

El apóstol Juan, en su segunda carta, les escribe a los creyentes congregantes [hijos] de una iglesia local a la cual llama «La señora elegida»(v.1), donde les expresa los saludos que le envían los hijos —creyentes congregantes— de su iglesia hermana —«La Elegida» (v.13)—.

La sinonimia de la palabra «elegida» es el primer argumento a favor de la Iglesia presencial, pues los sinónimos son: electo, escogido, preferido, predilecto, favorito, estimado. Por ende, entendemos que si tu iglesia ya inició cultos presenciales, debieras apropiarte de las palabras: «Yo me alegré con los que me decían, a la casa de Jehová iremos».(Sal. 12:1)

A favor de la Iglesia presencial, deseo parafrasear lo que el apóstol dice en 2ª Juan 12: «Yo he utilizado todos los medios de comunicación posibles para conectarme con la iglesia, pero he descubierto que mi gozo, respecto de la iglesia, se queda insatisfecho y que la única manera de experimentarlo al máximo es que nos veamos cara a cara».

Ya lo decía el salmista: «Mirad cuan bueno y cuan delicioso es habitar los hermanos juntos…» (Salmos 133:1)

A este concepto también los profetas se unen cuando le aseguran a la nación de Israel que cada vez que sean dispersados Dios los juntará como un solo rebaño.

Así es que deseo invitarte a tomar en cuenta estos tres principios:

  1. En la Iglesia presencial se hace posible la enseñanza que fortalece la fe. (Romanos 1:11-12)
  2. En la Iglesia presencial se hace posible el gozo completo. (Romanos 15:24)
  3. En la Iglesia presencial se hace posible el anhelo perfecto: verse cara a cara para saludar, mirar y abrazar. (3ª Juan 13-14)

Los escritores de cartas bíblicas se veían obligados a escribir porque era el único medio disponible para acortar distancias, pero en cada una de estos escritos expresaban su anhelo de estar con la iglesia (ver otros ejemplos 1ª Corintios 4:19; 16:7; Hebreos 13:23). ¡¡Y cómo no!! Si la reunión presencial de la iglesia es la mejor manifestación del cuerpo de Cristo; no dispersados, sino reunidos. ¡¡Y cómo no!! Si esta reunión presencial fue concebida en el corazón de nuestro Salvador y un día su Iglesia militante estará reunida como iglesia triunfante en el cielo: «para que donde YO estoy, vosotros también estéis”. (Juan 14:3; ref. 1ª Tesalonicenses 4:17)

En medio de la adversidad


«No le creas al doctor que tienes cáncer. Tú tienes una palabra de parte de Dios y no te vas a morir»

Palabras de Dora a su esposo después de que el especialista les dijo que había sido diagnosticado con cáncer

Por: Pastora Dora Quirarte

¿Alguna vez has experimentado el golpe fulminante de un diagnóstico sorpresivo o devastador? Quizás sí. Personalmente, pasé por algo así.

El 28 de junio de este año mi esposo fue diagnosticado con cáncer de colon y el especialista nos explicaba que los síntomas de esta enfermedad no eran nada fácil de sobrellevar. Algo dentro de mí se quebró; mi alma desfallecía de dolor al solo pensar que mi esposo, mi mejor amigo y mi todo ya no estaría conmigo para seguir compartiendo esos momentos hermosos, mágicos y únicos que solo él y yo solemos tener.

La primera semana del tratamiento fue muy dolorosa —más para mí—. Mi esposo se retorcía de dolor y en ocasiones —no exagero—, daba unos gritos que nuestro vecino podía escucharlos, pues el medicamento que le aplicaba le quemaba todo por dentro a causa de las llagas que tenía. Cuando por fin se quedaba profundamente dormido, yo me iba a la sala y comenzaba a orar a Dios expresándole mi dolor, mi tristeza y mis miedos; sí, mis miedos porque el solo haber escuchado la palabra «cáncer» me hacía pensar en lo impensable: la muerte; y en lo que sería de mí, a dónde iría o dónde viviría si mi esposo llegaba a fallecer.

Recordé lo que dice Cantar de los Cantares en el capítulo 5:2: «yo dormía, pero mi corazón velaba», porque eso mismo me sucedía; aunque podía dormir, mi corazón vivía angustiado al pensar que cada día que pasaba era un día menos que le restaba de vida a mi esposo. 

Confieso que mis pensamientos me golpearon, me hirieron; pero en mi angustia «clamé a Dios y Él oyó mi voz». (Salmos 18:6) Sí, Dios comenzó a fortalecerme y a recordarme Sus promesas; pero, sobre todo, a confiar y esperar un milagro por parte de Él. Y en esa  búsqueda que solemos tener en la madrugada de oración mi esposo y yo, derramamos nuestra alma más que nunca; sí, desesperados por una respuesta de sanidad; buscando que Dios escuchara nuestra oración; con desesperación; con el espíritu quebrantado y diciéndole al SEÑOR: «¡responde que mí espíritu se apaga!» Y podíamos escuchar de parte Dios que nos susurraba a nuestro oídos: «Sean fuerte y  esperen en mí».

Un día antes de la cirugía mi esposo me dijo: – «amá, ¡te amo! Y pase lo que pase siempre te amare». Yo inmediatamente le dije: «apá, no digas eso. Todo saldrá bien y podremos volver a caminar a nuestro parque favorito y luego terminar cenando en nuestro restaurante preferido». Me sonrió, le di un beso y nos dijimos lo mucho que nos amábamos. 

Llegó el día de la cirugía —agosto 13 a la 1:15 pm—. Mi corazón empezó a palpitar cuando vi llegar a la enfermera y al anestesiólogo para llevarlo al quirófano.  Se me vino a la mente el Salmo 91, que dice: «Los que viven al amparo del Altísimo encontrarán descanso a la sombra del TODOPODEROSO», y me refugié en Dios. Había pasado menos de una hora cuando la enfermera entró a la habitación con una sonrisa de oreja a oreja diciendo: -«¡fué un éxito! ¡No encontramos cáncer! Su colon está perfectamente limpio».

Definitivamente Dios sanó a mi esposo. Aunque el doctor nos dio su explicación del por qué el colon de mi esposo estaba limpio, nosotros sabíamos que Dios había obrado un milagro. 

Él escuchó mi clamor. Sí, Él inclinó su oído y escuchó, no solo mis súplicas y ruegos, sino el clamor de todos los que intercedieron por la salud de mi esposo. 

Dejame decirte que en este periodo de dolor profundo Dios probó mi fe —en ocasiones incomprensible—, para llevarme a un crecimiento espiritual y comprender su propósito divino en mi persona y en la de mi esposo.

En la vida hay momentos buenos y malos. Experiencias fuertes que nos paralizan emocionalmente y a veces no sabemos cómo actuar, ni qué hacer, ni qué decir; pero aún así Dios está contigo, conmigo, con nosotros, manifestando su gran amor sin medida.

Así que, querido lector, no te rindas ante la adversidad, porque el éxito en la vida no se mide por lo que logramos, sino por los obstáculos que superemos. Apóyate en los que te aman. Necesitamos de nuestra familia, de los hermanos de la fe, de nuestros consiervos, de nuestros amigos, de nuestros vecinos y, sobre todo, de nuestro cónyuge, para sobrellevar el proceso, llámese como se llame.

Recuerda, ¡Dios escucha nuestra oración!

Tiempo para leer

Estaba el otro día en el emblemático parque nacional de Yosemite admirando las maravillas de la creación.

Las montañas de un parque agobiado por la sequía y los intensos incendios descansaban en el azul intenso del lago Teenaya y cuyos pinos impregnados en la inmensa roca le daban al lugar una postal de ensueño. 

Mientras deleitaba mi vista pude notar a una adolescente leyendo vorazmente un libro y me pareció que ella representaba el cuadro perfecto del recuerdo que me llevo.

Como un joven amante de las letras, pude disfrutar de esa postal que me pareció conveniente preguntarle si podía posar para la imagen que adorna estas líneas.

El ver a esa joven disfrutar de la lectura me llevó a reflexionar acerca de cómo las letras han sido, son y seguirán siendo la fuente de todo conocimiento. Es claro está, la palabra la primera que se emite, pero como bien dicen, a esta se las lleva el viento; sin embargo, lo escrito es eterno; es decir, perdura para siempre.

Por eso, querido lector, te invito a que hagas una pausa en tu ajetreada agenda y te regales de la dicha de una buena vista, acompañada de tu bebida favorita y de las letras que perduran para siempre.

Para servir: Moisés Gómez

Pacífico

Estaba el otro día caminando por una de las playas de la costa del pacífico en el norte de Oregon, en Estados Unidos, y comencé a recordar mis orígenes costeños.

Pude disfrutar de las olas, el sol, la sal marina, etc.; y aún y cuando el agua estaba friísima, pude revivir mis épocas en que practiqué el body surfing, sorteando las olas y tratando de llegar a la orilla. Fue un momento de intensa alegría.

Cuando uno tiene esos pequeños lapsos de experiencias que te trasladan a un momento feliz de tu pasado, puedo decirte que has agregado a tus años vividos unos segundos más.

Así es que te animo a que busques esos pequeños instantes que te den un breve respiro a tu ritmo ordinario para experimentar lo maravilloso de lo extraordinario.

Para servir: Moisés Gómez

‘El alejamiento de lo cercano y el acercamiento de lo lejano’

Por: Luis Bernardo Gómez

Si consideramos que la pandemia ha durado desde marzo 2020 hasta casi agosto de 2021, entonces podemos decir que la pandemia nos ha mantenido confinados por más de año y medio. Lo cual ha producido efectos y fenómenos sociales inesperados para los que no estamos preparados. 

Los pastores evangélicos, por ejemplo, estamos observando un fenómeno recurrente en la membresía de nuestras iglesias al que yo he llamado: «el alejamiento de lo cercano y el acercamiento de lo lejano». Y les explico por qué.

Lo cercano es todo aquello que nos rodea de manera inmediata. Una de estas cosas cercanas es la iglesia; nuestra familia en la fe. Pero, tras un año y medio de ausencia forzada a los cultos presenciales, hemos comenzado a ver como lejana a nuestra comunidad de fe.

Quizás tú tienes en mente o incluso lo dices con convicción o seguridad: «mi Iglesia es tal o cual», pero debes prestar atención a algunas prácticas que, si las estás realizando, son evidencia de que tú te estás alejando de lo cercano.

  1. Si como miembro no asistes a ningún culto presencial de la iglesia cuando se da la oportunidad aún teniendo todos los medios, los recursos y la salud para hacerlo.
  1. Si como miembro no te conectas a ninguna de los programas virtuales (cultos, células, conferencias, talleres, sesiones de oración, etc.), con los que tu iglesia intenta llevar el alimento espiritual a cada miembro. 
  1. Si como miembro has pasado por tiempo difíciles y, en lugar de agradecer la ofrenda de amor que la iglesia te envió y la oración con que fuiste respaldado, solo expresas amargura diciendo: «Nadie me visitó».
  1. Si como miembro has dejado de diezmar aún cuando Dios te ha bendecido con trabajo y salario durante la pandemia, faltando así a tu obediencia a Cristo y a tu compromiso con la iglesia y propiciando con ello que tu congregación pierda fuerza, potencia y efectividad.

Así que, cuando tú sientes que lo cercano está lejano, en consecuencia, sucede la otra parte del fenómeno: el acercamiento de lo lejano. Es decir, el creyente comienza ver como cercano lo que está lejano a él. Las evidencias son:

  1. Si como miembro te acercas a escuchar la predicación por internet de pastores lejanos con quienes ni siquiera tienes una relación.
  1. Si como miembro comienzas a ver programas cristianos de iglesias lejanas que ni siquiera te conocen.
  1. Si como miembro envías ofrendas a ministerios de otras partes del mundo.

Debes saber que no hay ningún problema en ser alimentado espiritualmente por la amplia gama de recursos espirituales que hallas en internet, PEEEROOO, cuando lo lejano toma prioridad en ti, y con ello abandonas a tu familia espiritual cercana, que es tu Iglesia, entonces tienes un problema que debes resolver. Tú debes tomar una decisión que cambie ese alejamiento de tu Iglesia.

Alejarse de la Iglesia local es equivalente a decirle a Jesucristo: «Te amo profundamente, pero no quiero nada con tu esposa que es la iglesia». ¡No te equivoques! Quien ama a Cristo ama a su esposa que es la iglesia.

Debes tomar en cuenta que Dios no envió la pandemia, pero sí la está aprovechando para evaluar la fuerza y el compromiso de sus hijos que un día le dijeron: «yo te seguiré pase lo que pase». Por lo tanto, este es el momento de recobrar el ánimo; de apoyar a nuestra Iglesia a pesar de todos estos problemas que nos asedian.

¡Ánimo! La iglesia está en pie de lucha. No sabes cuánta falta le haces a tu congregación. La iglesia sigue caminando y te ama; y tú le amas también. No la dejes atrás de ti. Acércate a lo cercano.

Dios pelea por nosotros

Por: Pastora Dora Quirarte

En el libro de Éxodo14:14 dice: «Jehová peleará por vosotros, y vosotros estaréis tranquilos».

Este versículo me hizo recordar la historia del rey Josafat. Él estaba rodeado por los ejércitos de Siria, Moab y Amón y pensó no poder seguir adelante; entró en temor, pero humilló su rostro y estuvo tranquilo confiando que Jehová pelearía por él. (2 de Crónicas 20)

La vida cristiana está llena de batallas; unas que se ganan y otras que se pierden. Las que se ganan son las que descansamos en Dios y dejamos que él pelee por nosotros.

Hace tres semanas tuve una experiencia que me confirmó que Dios pelea por nosotros cuando dejamos que Él lo haga.

Era un lunes por la mañana, a eso de las 9:40, fui a comprar algunas cosas que me faltaban para la cena, pero primero pasé a la cafetería que había allí mismo en la tienda. Le pregunté a la señorita si tenía un pan que tuviera chocolate; me respondió con una mueca indicando que mirara hacia la ventanilla de vidrio que era donde tenía los diferentes tipos de pan y de sabores. Me hizo otra mueca y me indicó que yo misma lo encontrara. Le dije que me era difícil alcanzarlo y le volví a pedir de favor que me ayudara. Se molestó y golpeó el mostrador con la palma de su mano. Percatándome de su mala actitud, la miro y le digo: «Gracias», y me retiré para hacer mis compras. Cuando iba rumbo a la registradora escuché unos gritos de un hombre de la tercera edad dirigidos precisamente a la señorita de la cafetería. El gerente se percató de la situación y preguntó: – «¿todo bien?» y el anciano respondió: – «¡Nada bien! Esta señorita me ha dado un mal servicio». El hombre comenzó a  tirar los artículos que tenía con él y que aún no había pagado y salió de la tienda muy enojado. El gerente se dirigió hacia la señorita y le llamó la atención de una manera muy severa. Yo iba a acercarme para contarle que a mí también me había tratado mal, pero una voz dentro de mí me  dijo: «ya estoy peleando por tí». Me di la vuelta; salí de la tienda; miré al cielo y dije: «¡Gracias Dios!». Cuando iba manejando rumbo a la casa pensé en lo maravilloso que es cuando dejas que Dios pelee por ti.

Se cuenta que un Duque de Sajonia declaró la guerra a un obispo alemán. En aquel tiempo los obispos tenían recursos militares, así como nobleza secular; pero este era un buen obispo —uno de los pocos buenos en aquellos malos tiempos—.

El duque envió un espía al palacio del obispo para informarse de las fuerzas que este movilizaría en su contra.

Cuando regresó, el espía fue ansiosamente interrogado por el duque. –«Pues, señor», respondió el hombre, «el obispo no está haciendo ninguna preparación para la guerra», agregó. –«¿Cómo es posible?» Replicó el duque. «¿Qué ha dicho?».

«Su tarea es alimentar su rebaño, predicar la palabra de Dios, visitar a los enfermos y que en cuanto a la guerra, se la encomienda al DIOS TODOPODEROSO porque “Jehová de los ejércitos” es más entendido en guerras que él», contestó el espía. –«Si es así», declaró el duque reflexivamente, «no voy a meterme en una guerra con este hombre porque es demasiado peligroso».

Cuántas veces nosotros pensamos como el duque olvidándonos muchas de las veces que Dios es quien pelea por nosotros. Nos estresamos y desesperamos pensando cómo venceremos; cuál será la mejor forma de hacerle frente al enemigo sin importar el nombre que este tenga: llámese deuda, problemas familiares, falta de trabajo, problemas migratorios, problemas legales, enfermedad, etc. Debemos permanecer quietos y confiar que Dios peleará por tí; por mí; por nosotros.

Amado lector, sé que vivimos en un mundo quebrantado. La vida puede ser dura y a veces cruel. Cada día nos enfrentamos con batallas tanto en lo físico, como en lo espiritual. La pregunta es: ¿Cómo nos defenderemos? Bueno, recordando la palabra de Dios a través de predicaciones, estudios bíblicos, devocionales y sobre todo oración.

Recuerda que Dios está con nosotros y nunca estaremos solos, aunque las cosas salgan mal, Dios lo puede transformar en algo bueno.

Así que seamos fuertes y valientes sin importar qué tan grande sea el enemigo que se ha levantado contra nosotros.  Permanezcamos quietos que Jehová peleará por nosotros. ¡AMÉN! ¡ALELUYA! 

‘ME SALIÓ EL TIRO POR LA CULATA’

Por: Pastora Dora Quirarte

¿Alguna vez has escuchado el dicho: «me salió el tiro por la culata»? 

Seguramente sabrás que esta frase significa que algo no ha salido como esperabas; es decir, que has hecho algo esperando un resultado y resultó todo lo contrario.

En mi caso, te contaré dos experiencias donde «me salió el tiro por la culata».

La primera —la recuerdo como si fuera ayer—, fue que me quise burlar del pastor de la iglesia donde me congregaba. Un grupo de adultos y jóvenes de la congregación se estaban preparando para ser bautizados. Al enterarme, yo también quise bautizarme. Fui con el Pastor y me dijo que tenía que cumplir algunos requisitos, tales como: mi manera de vestir, etc., así como tomar algunas clases para comprender el propósito del bautismo. Acepté y entré al grupo de los que serían bautizados. Al despedirme del pastor, inmediatamente comencé a pensar y a reírme porque, según yo, había logrado engañarlo haciéndole creer que iba a cumplir con los requisitos. Llegó el día esperado de los bautismos. El Pastor nos da las últimas recomendaciones. Hicimos una línea esperando el turno para ser bautizados. Cuando por fin me tocó entrar al río para ser bautizada, el Pastor me sumergió en las aguas y al emerger sucedió algo que yo no me esperaba: empecé a hablar en lenguas. Yo no sabía qué estaba pasando conmigo; todo mi cuerpo temblaba y estaba asustada y confundida. Puedo decirte que desde ese día mi vida no volvió a ser la misma. Comencé a leer la Biblia; mi manera de vestir cambió; empecé a orar; hablar en otras lenguas; tener sueños reveladores; compasión y sobre todo amor por la gente.

En pocas palabras, el plan que yo tenía en mi mente no resultó como lo esperaba, sino todo lo contrario. Me había salido el tiro por la culata.

‘Me salió el tiro por la culata’ apunta su origen al siglo XV cuando las armas  empezaron a utilizarse en los campos de batalla. Estas se cargaban con mucha pólvora lo que provocaba que la combustión fuera mayor a la esperada rompiendo así el cañón y dando de lleno al tirador que hacía el disparo con la parte trasera del fusil (culata). 

La segunda anécdota se remonta a mi tiempo como presidenta de los jóvenes. En ese entonces hubo una joven que no estaba muy contenta de que yo hubiera sido elegida como la líder; así es que ella comenzó a planear cómo sacarme del cargo y para eso recolectó firmas suficientes para lograr su cometido. En una reunión la joven comenzó a leer la lista de los nombres de los que habían firmado y terminó diciendo: «Dorita, no queremos que sigas como presidenta». En eso estaba cuando de repente tocaron a la puerta y apareció en escena otra joven que dijo que Dios había sido el que «me había elegido [a mí], y no el hombre, para estar como presidenta de jóvenes». Entonces pasó algo inesperado; la consejera de los jóvenes determinó que esta joven no continuaría ejerciendo su cargo. ¡Woooooow! Le había salido el tiro por la culata. 

Esta anécdota me recordó al jefe de gobierno del rey Asuero, Amán —que se encuentra en el libro de Ester—, quien planeó cómo ahorcar a Mardoqueo y terminó él siendo el ahorcado. (Ester caps. 3-5)

Amado lector, estas dos anécdotas que narré, me enseñaron que cuando nos gana el enojo, el coraje, la envidia, los celos, o cualquier otra emoción o sentimiento, las decisiones que tomemos serán equivocadas y lo único que lograrán es que nos salga el tiro por la culata. 

Te invito a ti querido lector —y yo me incluyo—, a que meditemos siempre, que pensemos en no tramar o hacer algo malo para alguien; porque no vaya a ser que nos salga el tiro por la culata. Mas bien, busquemos a Dios en oración y leamos su palabra para ser guiados por Él; para saber Su perfecta voluntad en nuestras vidas.

Tiempo de Alegría.

¡Cuánto Dios me ama!

Por: Pastora Dora Quirarte

En el libro de Salmos 139: 1-7 y 13, nos dice: «Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre».

Este Salmo cautivó mi espíritu de una manera especial porque describe a un Dios que es omnipresente y omnisciente —que está en todas partes y que conoce todo de nosotros—. 

Recuerdo como si fuera ayer una experiencia que marcó mi vida. Era un sábado por la tarde que me dirigía en mi auto a una actividad juvenil de la iglesia a la que pertenecía; mientras esperaba el cambio de luz del semáforo, se me acercó un joven bien vestido y me dio una rosa roja y me dijo: «Tú eres la rosa de Sarón».

Mi mente voló y comprendí que la presencia de Dios ha sido suficiente en los momentos de muchos obstáculos y espinos cubriéndome con su amor, dándome fuerza para seguir adelante y llenándome de Su gozo como dice en el salmos 16:11 «En tu presencia hay plenitud de gozo».

Después de un año de esa experiencia tuve un sueño. Vi a Dios con una túnica blanca sentado en una silla y yo estaba parada detrás de Él. Yo veía que hacía algo con sus manos y de pronto se puso de pie, se volteó y me dio una rosa roja y me dijo: «tú eres la rosa de sarón». Al despertarme del sueño pude descubrir que Dios ha estado conmigo y se ha dedicado a examinarme, a conocerme y a estudiar mis épocas de mi luchas y de descanso; pero más allá de lo que acabo de escribir, saber que Él desea estar conmigo y entenderme, así tan compleja como soy, y que Él quiere hacer algo de mí, sacude mi corazón de una manera exorbitante.

El amor de Dios sobrepasa todo entendimiento. El amor de Dios es inmenso, no tiene límite, es extraordinario, que extiende a todo conocimiento para que seamos llenos de toda la plenitud de Dios; es decir, el amor de Dios es eterno. Él nos ama por individual, Su amor es irresistible, es único y nada ni nadie lo ha igualado en la manera en la que Él lo ha hecho.(Efesios 3:18-19)

¡CUÁNTO DIOS ME AMA!

Recuerdo en mis años de juventud que tuve una consejera quien fungía como pastora y directora de una de las universidades de Piedras Negras, Coahuila, en México, la cual me regaló un cassette que solo contenía una canción titulada «Mi Padre amante cuidará de mí». Este canto hizo un efecto en mí y comenzó a sucederle en mi interior algo de tal manera que ese vacío desapareció y empecé a sentir el amor de Dios, su presencia y a tomar mías todas esas palabras de esa canción. El amor de Dios y Su presencia fue suficiente para llenar el vacío de mi alma.

¿Por qué lo mencionó? porque hubo un tiempo muy difícil en mi juventud donde nada me hacía feliz, ni tenía paz; era un vacío que invadía mi ser; y aunque participaba en campamentos juveniles, cantaba en el coro, asistía a retiros, veladas de oración, etcétera, aún estaba ese vacío en mi interior.

Nunca se me ha olvidado que esa canción la llegué a escuchar tantas veces que terminé comprando tres copias de la misma.

Mi papá Dios me ha permitido disfrutar tantas bendiciones en mi largo caminar con Él. Por ejemplo: he probado el beso de un esposo maravilloso; he sentido la caricia tierna de mis hijos; he gozado el amor de mis nietos; he tenido el amor de mi nuera sin medida; he disfrutado el cariño de mis hermanos biológicos; he disfrutado la verdadera amistad; he tenido el consejo y la corrección de unos padres dedicados en mi crianza; he tenido el placer de tener un excelente mentor que lo da todo; he tenido el privilegio de recibir honores por mi buen aprovechamiento en la escuela dominical; he experimentado el dar todo por un ministerio; he visto el amor verdadero de un pueblo que ama a Dios; pero, NADA se compara con la experiencia que tuve del AMOR DE DIOS y sentir Su PRESENCIA en los momentos adversos a lo largo de mi vida y continúa cautivando mi alma.

A Dios no le asusta ni le toma por sorpresa tu manera de vivir tu vida. Dios no viene para juzgarnos, sino que viene a enseñarnos y nos guía por el camino correcto. Si estamos caídos, Él viene y nos levanta y nos sostiene. Si nos hemos apartado de Su camino, Dios nos busca y sana nuestras heridas; y si estamos confundidos, Él aclara nuestra mente.

Lo lindo de Dios es que él decide sentarse a nuestro lado para conocernos y examinarnos sin importar de qué color pinta nuestra vida; simplemente Él nos ama y su presencia en nosotros nos dice: «estoy aquí contigo».

DIOS NUNCA TE DEJA DE AMAR

Me pasó un suceso increíble —¡cómo olvidarlo!—. En una ocasión una de mis hermanas llevó a casa a varias jóvenes de la iglesia. Para ese entonces yo aún no había tenido un encuentro personal con Cristo. Recuerdo que una de las jóvenes se acercó y me dijo: «Dorita, Dios te ama y yo también». Me dio una paleta de dulce y se marchó. Esa frase y esa acción me dejaron sin palabras y por primera vez comenzaron a salir lágrimas de mis ojos al saber que Dios me amaba y alguién más. Al pasar el tiempo, esta misma joven me dijo: «un día te voy a ver predicar en un gran congreso para mujeres».

Amado lector, ¡DIOS TE AMA como nadie te ha amado! y quizás no hay manera de entenderlo, pero es así. ¡EL NOS AMA! y nuestro futuro está en sus manos y en los momentos más difíciles de nuestro caminar en este mundo. Su presencia está con nosotros dándonos paz y abrazándonos con sus brazos de amor.

Dios tiene la intención de estar contigo, de conocerte, de examinar todo lo tuyo, todos tus pensamientos, entender todo lo que tú piensas y conocer tu camino. Él quiere que tú sepas que está detrás y delante de ti y te rodea con su amor y su presencia.
Querido lector, ¡cuánto Dios te ama! Déjate amar para experimentar su amor infinito. Aunque queramos huir de su presencia, Él está aquí porque él nos ama,  nos formó y nos hizo en el vientre de nuestra madre. (Salmos 139:13)

¡Papá!, nunca es tarde

Por: Pastora Dora Quirarte

Hay dos pasajes en la Biblia que me cautivan porque van dirigidos precisamente a los que somos padres. Uno de ellos se encuentra en Efesios 6:4 que dice: «Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor». El otro está en Colosenses 3:21, y dice: «Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten».

A la edad de nueve años tuve el privilegio de cuidar y atender a mi padre. A esa edad ya cocinaba su platillo favorito, lavaba sus camisas y las planchaba con almidón, preparaba su limonada y su jugo de naranja —todo hecho natural—, etc. Como mi padre era estricto, si no le gustaba cómo había hecho mis responsabilidades, me llamaba la atención y me daba una “cátedra” que muchas veces hizo exasperarme y subir mi furor, y confieso que en muchas ocasiones me sentí desalentada por su actitud.

La verdad es que la paternidad es una enorme responsabilidad y aprendemos durante la marcha. Gracias a Dios que la Biblia nos muestra cómo debemos ser padres; por ejemplo, en el pasaje que cité anteriormente [Efesios 6:4], el apóstol Pablo da unas instrucciones específicas a los padres.

Sin embargo, hay errores en la crianza de los hijos que producen la misma reacción dolorosa en ellos, por ejemplo: 

1.- La falta de un buen ejemplo

2.- La autoridad tipo “soldado”

3.- Exceso de sobreprotección o de guía

4.- Papás permisivos

En lo personal, crecí con la autoridad tipo “soldado” y, aunque esa fue la manera en que mi padre mostraba su amor hacia mí, muchas veces me exasperó.

¿Cómo podemos despertar la ira y la frustración en nuestros hijos? De muchas maneras. Por ejemplo: recuerdo que una vez le hice de comer a mi padre y a él le pareció que la comida no tenía sabor; molesto me dice: – «Mi Doris, no me gusto». Mi madre, desde su recamara le dijo: –«Juan, la niña hace lo que puede».

Siguiendo lo que dice el apóstol, la advertencia de no provocar a nuestros hijos a la exasperación se aplica a los niños y jóvenes de todas las edades. Tan importante es esto que lo menciona antes de dar cualquier exhortación positiva con el fin que los padres e hijos puedan convivir de una manera armoniosa.

¡PAPÁ!, NUNCA ES TARDE

La Biblia, que posee todo el consejo de Dios, da una clara dirección en cómo tener una relación de autoridad armoniosa entre ambos. Hay dos mandatos específicos para que haya respeto mutuo: «Hijos, obedezcan», y «Padres, no provoquen a ira»

El hijo, cuando honra a sus padres, recibe una recompensa y es «para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra». (Efesios 6:3)

Cuando vivía con mis padres un día llegó a nuestra casa un pastor de Nuevo Laredo, México, para compartir la palabra de Dios. Durante la charla, el pastor le preguntó a mi papá si deseaba hacer la oración de arrepentimiento y dejar que Cristo entrara a su corazón y mi padre dijo que sí. Recuerdo muy bien que desde ese día mi papá fue otro; me pidió perdón con un abrazo —y yo igual—; lloramos; nos dijimos que nos amábamos; dejó de ser autoritario y compartimos la mesa muchas veces con una sabrosa cena que yo misma preparaba. A las semanas de esa visita pastoral Dios lo llamó a su presencia.

Años después me casé con mi mejor amigo, un buen hombre que ama a Dios y tiene una gran pasión por servirle a Él. Tuvimos tres hijos maravillosos y ahora gozamos de ser abuelos de dos hermosos nietos. Ser madre me enseñó a comprender a mi padre y a darme cuenta de su amor hacia mí.

Sé que como mamá he tenido muchas fallas y he cometido errores durante la crianza de mis hijos y ahora puedo decir que mi padre no era perfecto pero sí fue un papá que de muchas maneras trataba decirme que todo lo que hacía era por mi bien. 

Necesitamos orar pidiendo que nuestro Padre celestial derrame Su gracia sobre nuestros hijos para que crean en Dios y puedan ser obedientes; y, a nosotros como padres, podamos ayudarlos a proyectar su fe y así extender el reino de Dios teniendo una descendencia que proclame a Cristo Jesús.

Si eres un papá y crees que en ocasiones has exasperado a tus hijos, HOY es el tiempo de pedir perdón. Y ustedes hijos, si creen que han sido irrespetuosos con su padres a la hora de que ellos los corrigen por amor, también HOY es el tiempo de pedir perdón.

¡HOY es el tiempo de la reconciliación!