Una carta pastoral a los miembros de las iglesias cristianas

Por: Alberto Vargas.-

El mes pasado escribí una carta pastoral especialmente para el pastorado de nuestras iglesias. Hoy, con la misma responsabilidad y respeto me dirijo a ustedes, miembros de nuestras iglesias.

Ustedes son la razón de nuestra vocación. Jamás existirá realmente un pastor si no existe una congregación qué pastorear. Incluso, ustedes son la contestación y el producto del discurso salvífico de Dios en Cristo Jesús: «que Dios quiso salvar al mundo enviando a su Hijo, con el poder de su Espíritu, a morir por nosotros para que fuéramos hijos de Él si le creyésemos».

¡Qué importantes somos para Dios! ¡Con cuánto amor nos ha llamado! Qué bendición es saber que pertenecemos a Él; a su cuerpo. Cristo nos hace Él en sí mismo.

Pero qué distante está el sentimiento de una relación con Dios como la que acabamos de exponer con el trato frío y desgarrador que en ocaciones recibimos de aquellos cuya responsabilidad es velar por nosotros y que triste escena viven muchas congregaciones en donde el ambiente está lleno de juicio, chismes y dobles vidas.

No es solo la responsabilidad del pastor el de velar por la buena y saludable relación con Dios de una congregación, es también responsabilidad de cada miembro el velar por ello. Nosotros somos miembros del cuerpo de Cristo, incluso antes de entender qué es pertenecer a una congregación, es importante que pertenezcamos a Dios y a su Reino primeramente.

Por otro lado, hablemos sobre el testimonio.

Como te habrán enseñado, es importante que guardemos el testimonio; o mejor dicho, la conducta, sentimientos, ideas y acciones que hacemos y tenemos a la luz de nuestra vida en Cristo.

Para ser más claros, el testimonio que con tanto celo debemos de guardar no es nuestro, es el testimonio de Dios.

Nosotros somos testigos de su poder. Y cuan-do hablamos de ser testigos de su poder, estamos hablando del poder de Dios que opera en nuestra transformación al convertirnos en seres de conductas e ideas diferentes a las que antes teníamos. No se mide el poder de Dios viendo cuántas lenguas hablamos, o a cuántos sanamos  en un servicio o culto de la iglesia «encendido», sino se mide con el cambio de nuestra conducta. Ahora nos comportamos diferentes porque hemos sido creados con una  naturaleza diferente: «creados según Dios».

En ocasiones se nos hace fácil y sutil caer en la locura de vivir dos vidas: una en la iglesia, frente a los hermanos, y otra en el hogar o con las personas que laboramos. Nos convertimos en personas muy estrictas en la iglesia para ocultar nuestra debilidad que vivimos fuera de ella. Cuando fallamos en dar un buen testimonio, pisoteamos la cruz de Cristo y el testimonio de Dios.

Nuestra conducta deberá de ser presidida por el amor y la compasión y no debemos aceptar absolutamente nada que impida el libre reflejo del amor de Dios en nosotros. No existe excusa para esto; «el que no tiene amor, no es de Dios». Es imposible declarar nuestro amor a Dios si no amamos a nuestro prójimo, entendiendo claro que nuestro prójimo es aquél que menos merece nuestro amor según nuestra lógica.

Deberemos de comprender que la vida del verdadero cristiano es aquella que vive en la presencia de Dios como un constante, que no se entra y se sale de esa presencia según el «mood» en que nos encontremos o el lugar o las circunstancias que vivamos. Que el vivir en el Espíritu no sea una opción, sino la única y absoluta manera de vivir, si es que verdade-ramente estamos en Cristo.

Y por último, que el temor a Dios sea nuestra única fuente de sabiduría para tomar buenas decisiones. Que los principios y maneras que nos dejaron nuestros padres o la experiencia que adquirimos en la vida, jamás sustituirá a la sabiduría de Dios que se obtiene al vivir en su temor.

He querido, humildemente, darles un granito de arena de aquellos principios que son importantes para que vivamos como conviene a los santos.

Que Dios les de paz y vida en su Espíritu.

En Cristo, su humilde servidor.∞

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