Miremos lo que debemos mirar

Por: Alberto Vargas.-

Soy un gran admirador de la observación. Me gusta observar para analizar y reflexionar luego sobre lo que acontece a mi alrededor.

Jesús enseñaba a base de la observación. Él llevaba a sus discípulos a evaluar lo que enseñaba a través de lo que pasaba a su alrededor. Es por la observación que, según Jesús, la gente se dará cuenta que somos sus discípulos, pues la gente va a ver «que nos amamos unos a otros»; y es por observar sus «frutos» que sabremos si alguien es o no de Dios.

Es bien interesante esto. Jesús no nos manda a juzgar lo que la gente hace, sino los frutos de lo que hace. Eso nos deja fuera de ser jueces para ser «degustadores» de los frutos de los demás. No nos manda a señalar, nos manda a consumir el fruto de los actos de nuestro prójimo para poder conocer su corazón.

«Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces…». (Santiago 1:17a)

Mejor dicho, todo lo bueno proviene de Dios. Todo lo que es bueno para el Reino, todo lo que es perfecto para el Reino, no puede ser juzgado por los hombres. Los fariseos y religiosos del tiempo de Jesús lo juzgaron por lo que veían y no por el fruto de lo que hacía. Ellos lo juzgaron por el lugar de procedencia: «¿De Nazaret podrá salir algo bueno?»(Juan 1.46), lo juzgaron por los padres que tenía: «¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos, Jacobo, José, Simón y Judas? ¿No están todas sus hermanas con nosotros? ¿De dónde, pues, tiene éste todas estas cosas? Y se escandalizaban de él»(Mateo 13:55 y 56), y lo juzgaron por lo que decía: «¿Quién es éste, que también perdona pecados?»(Lucas 7:49), pero no lo juzgaron por sus frutos: «Jesús les respondió: Os lo he dicho, y no creéis; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, ellas dan testimonio de mí…»(Juan 10:25)

Así debe de ser entre nosotros, las obras, los frutos, deberán de ser los que den testimonio de uno mismo.

Pero tengamos en cuenta no llamarle «frutos» a lo que no es. Según las Escrituras, no son los dones que digamos tener o  nuestras acciones supuestamente «santas», ni lo que decimos; básicamente es el amor que podamos sinceramente demostrar(1 Corintios 13), es el fruto del Espíritu Santo visto en nosotros por someternos a su guía. «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley».(Gálatas 5:22 y 23)

Cada acción nuestra deberá de tener como marco el influjo de su Espíritu en nosotros. Cada acción nuestra deberá dejar la impregnación de su amor, su gozo, su paz; y de ahí, todas las demás virtudes que componen el fruto del Espíritu en nosotros.

No juzgues solo por lo que ves, espera con paciencia para mirar sus frutos, pues como dijo Gamaliel: «si esta obra es de los hombres se desvanecerá, mas si es de Dios, no la podréis destruir».(Hechos 5:38 y 39).

Amén.

-Publicado en septiembre 2015-

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