El acto de ser un verdadero adorador

Por: Alberto Vargas.-

Un verdadero adorador es una figura en peligro de extinción. Hoy podemos identificar personas que alaban, salmistas, cantantes, músicos y congregaciones enteras que se conocen todo una extensa selección de himnos y canciones, pero nada de eso hace un verdadero adorador. La historia Bíblica misma nos lleva a considerar cómo un verdadero adorador nace.

En el Génesis podríamos identificar el primer acto de adoración registrado en el relato de Caín y Abel (Génesis 4.1-5). Este acto de separar para Dios lo del fruto de la tierra y de lo mejor del ganado, decía implícitamente que Dios era el autor y responsable de todo lo que tenía el ser humano. Era el reconocimiento de su soberanía y de su providencia, pues ahí deberá de comenzar todo real acto de adoración —en el reconocimiento de su inmensidad y de nuestra dependencia a Él—. Eso es pura actitud antropológica, el ser humano reconocerá siempre a un ser más grande que él y buscará su favor por medio de actos sacrificiales.

Pero luego, en el mismo libro del Génesis, encontraremos otros actos que señalan adoración, los cuales nos van a indicar qué es un verdadero adorador. Desde el relato de Noé, los hombre y mujeres a quien Dios se les reveló hicieron la misma acción: levantaban un altar o le ponían un nombre al lugar en el cual Dios se le había revelado. Noé levantó altar al salir del arca, Abraham levantó altar al oír la voz de Dios, Agar le dio nombre al lugar en que Dios la socorrió (el pozo del viviente que me ve), Jacob le dio nombre al lugar en que Dios le dio el famoso sueño de los ángeles que subían y bajaban —Bethel, Casa de Dios—; y así seguiríamos haciendo una lista  de estos actos que van desde el Génesis hasta los profetas. Si reflexionamos, existe en cada uno de ellos una acción y un efecto; la revelación produce un acto de adoración.

Me gustaría que leyeras esto con seriedad y reflexionaras sobre el mismo. Si la revelación deberá producir adoración, entonces solos los «testigos» de la acción de Dios producirán una verdadera adoración. El testigo es aquel que está presente, que es parte de la historia de aquello que ha acontecido. El testigo ha visto u oído, ha estado involucrado o ha sido espectador. Lo importante es que será difícil adorar lo que no conoces. Jesús le dijo a la mujer samaritana «ustedes adoran lo que no conocen»(Juan 4.22). Los samaritanos eran judíos a medias, la historia los sacó del contorno de los que presenciaron, por decirlo así, la salvación de Dios para los Judíos. Es decir, no fueron testigos. Pero en el mismo relato, Jesús dice que esta es la hora de buscar verdaderos adoradores que adoren a Dios de verdad y en el espíritu.

Estos sólo pueden ser testigos del poder de Dios. En el relato de la ascensión de Jesús, en el primer capítulo de Hechos, Jesús dice que le seremos testigos hasta «lo último de la tierra». ¿Testigos de qué?

Si quieres ser un verdadero adorador, cantando no lo lograrás, yendo a la iglesia tampoco, tienes que ser parte de la historia de Reino de los Cielos, tienes que ser testigo presencial, ocular y oyente del poder de la presencia Divina. Deberás permitirte a tener un verdadero encuentro con Dios, no prestado de nadie, no a la medida de nadie; un encuentro personal y único con nuestro Dios. No estamos hablando de un momento emocional, de recibir la lenguas o danzar en el espíritu, estamos hablando de conocimiento de su presencia que te transforme, te cambie. Un encuentro que produzca que de Él salga virtud sanadora hacia ti.

El verdadero adorador ama, se entrega al servicio hacia los demás. No busca lo suyo, es imitador de cada parte de la personalidad de Jesús. El verdadero adorador no se limita, cree en un Dios  que todo lo puede, se convierte en embajador del cielo y no en una débil versión del cristiano terrenal; cree en la perfección, en la santidad, de  ir de gloria en gloria y no de caída en caída. No es un mendigo ni un millonario, es hijo del Rey de reyes y confía que Él siempre tendrá cuidado de nosotros.

Conviértete hoy en un testigo de su presencia, no en la vida de la iglesia, sino en tu vida personal. Se un testigo real del poder de Dios con el potencial de testificar de Su amor y del poder de transformar vidas y renovar corazones.

Amén.∞

-Publicado en agosto 2015-

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