El corazón generoso

Basado en 2o de Reyes 4:8-10

Por: Dora Quirarte

Dice la palabra de Dios que el profeta Eliseo pasaba por Sunem y había allí una mujer importante —en otras palabras: acomodada, prominente, mujer influyente adinerada en su comunidad—, la cual le invitaba insistentemente a que comiese; y cuando él pasaba por allí, venía a la casa de ella a comer. Esta mujer tenía dos cualidades que quisiera resaltar:

  • DISCERNIMIENTO. Dice el segundo libro de Reyes 4:9: «Y ella dijo a su marido: He aquí ahora, yo entiendo que éste que siempre pasa por nuestra casa, es varón santo de Dios». Esto que ella vio en el profeta Eliseo solo Dios pudo habérselo revelado.
  • GENEROSIDAD. En 2o de Reyes 4:10, dice: «Yo te ruego que hagamos un pequeño aposento de paredes, y pongamos allí cama, mesa, silla, y candelero, para que cuando él viniere a nosotros, se quede en él». Es sorprendente que su generosidad fue más allá de simplemente un “invitarle a comer”; hizo que se le construyera un aposento para que el profeta Eliseo se quedara allí cuando pasaba por la ciudad.

La generosidad de la sunamita fue bien vista por Dios a través del profeta Eliseo, al punto que la Biblia, en 2o de Reyes 4:12,14-17, nos relata un suceso sorprendente que deseo transcribir a continuación: 

12«Entonces [Eliseo] dijo a Giezi su criado: Llama a esta sunamita. Y cuando la llamó, vino ella delante de él. 14Y él dijo: ¿Qué, pues, haremos por ella? Y Giezi respondió: He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo. 15Dijo entonces: Llámala. Y él la llamó, y ella se paró a la puerta. 16Y él le dijo: El año que viene, por este tiempo, abrazarás un hijo. Y ella dijo: No, señor mío, varón de Dios, no hagas burla de tu sierva. 17Mas la mujer concibió, y dio a luz un hijo el año siguiente, en el tiempo que Eliseo le había dicho.»

El corazón generoso de esta mujer estaba siendo premiada por el único que es incapaz de romper una promesa, Dios. En Hebreos 6:10, nos dice una de las muchas cualidades de Dios: «Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún.»

Cuántos de nosotros tenemos que aprender de la sunamita y la forma de tratar al varón de Dios, dándole siempre ese respeto y honra que  la llevaron a ser recompensada con su más grande anhelo: un hijo.

Recuerdo que en 1992 mi esposo y yo vivíamos en la ciudad de Piedras Negras, Coahuila, en México, y en la Iglesia a la que asistíamos llegaban muchos misioneros, evangelistas y pastores, y nosotros siempre nos ofrecíamos para hospedarlos, pues lo considerábamos, y aún lo consideramos, un honor y un privilegio. En ese entonces abrazamos el pasaje de Hebreos 13:2 como nuestro lema: «No os olvidéis de la hospitalidad, porque por ella algunos, sin saberlo, hospedaron ángeles».

Nunca se me olvida que mi esposo les pedía a estos hombres de Dios, antes de que se fueran a dormir, su traje y sus zapatos. La gran mayoría lo hacían sin preguntar, pero había otros que la curiosidad le ganaba y le preguntaban la razón, a lo que mi esposo les respondía: -«Quiero planchar su traje y bolear sus zapatos».

Amado lector, la generosidad debe ser una cualidad que impere en nuestras vidas. La sunamita deseó honrar al varón de Dios sin esperar nada a cambio; y, sin embargo, Dios la bendijo de una forma sobrenatural. Tarde que temprano Dios nos recompensará como lo hizo con esta mujer de Sunem.Me despido con el pasaje de la primera carta a los Tesalonicenses 5:24, que dice: «FIEL ES EL QUE OS LLAMA, EL CUAL TAMBIÉN LO HARÁ»

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